MILÁN, martes, 22 enero 2008 (ZENIT.org).
- No poder comulgar no significa quedar excluido de la Iglesia, explica el arzobispo de Milán, el cardenal Dionigi Tettamanzi.
Lo aclara la carta pastoral «El Señor está cerca de quien tiene el corazón herido», dirigida a personas que se han divorciado y que viven una nueva unión.
«La imposibilidad de acceder a la comunión eucarística para los casados que viven establemente un segundo
enlace», observa, no implica un juicio sobre «el valor afectivo y sobre la calidad de la relación que une a los
divorciados vueltos a casar».
«El hecho de que con frecuencia estas relaciones sean vividas con sentido de responsabilidad y con amor en la pareja y hacia los hijos es una realidad que tienen en cuenta la Iglesia y sus pastores», reconoce.
«Es un error considerar que la norma que reglamenta el acceso a la comunión eucarística signifique que los
cónyuges divorciados y vueltos a casar estén excluidos de una vida de fe y de caridad, vividas dentro de la
comunidad eclesial».
Ciertamente «la vida cristiana tiene su cumbre en la plena participación en la Eucaristía, pero no se reduce
sólo a su cumbre».
Por este motivo, el purpurado italiano pide a los divorciados vueltos a casar que «participen con fe en la
misa», aunque no puedan comulgar, pues «la riqueza de la vida de la comunidad eclesial sigue a disposición
de quien no puede acercarse a la santa comunión».
Y asegura que la Iglesia espera de estas personas «una presencia activa y una disponibilidad para servir a
quienes tienen necesidad e su ayuda», comenzando por la tarea educativa que como padres tienen que
desempeñar con las familias de origen.
El cardenal afirma que escribe la carta para «entablar un diálogo», «para tratar de escuchar algo de vuestra
vida cotidiana, para dejarme interpelar por algunas de vuestras preguntas».
«¡La Iglesia no os ha olvidado y no os rechaza ni os considera indignos», escribe. «Para la Iglesia y para mí,
como obispo, sois hermanos y hermanas amados».
Cuando se rompe un matrimonio, según el cardenal, no sólo sufren los interesados, sino que también sufre la iglesia: «¿Por qué permite el Señor que se rompa el vínculo que constituye el gran signo de su amor total, fiel inquebrantable?».
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