Llenar la vida de Luz Pascual
Enviado por epechin el Vie, 08/05/2009 - 14:22.
Autor:
Padre Pedro Kühlcke Llenar la vida de luz pascual
¿Por qué a mí? ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué esto? ¿Qué hice yo?
¿Quién nunca se planteó estas preguntas cuando le tocó alguna cruz, especialmente alguna bastante pesada? ¿Quién no habrá experimentado dolorosamente que muchas veces estas preguntas no encuentran respuesta?
La Semana Santa nos invita a volver a confrontarnos con el misterio de la cruz. Hay muchas formas de acercarse a este misterio, muchas maneras de “explicarlo”: el pecado, la purificación, el crecimiento... Pero siempre de nuevo chocamos contra el misterio, lo inexplicable, el ¿por qué? sin respuesta. ¿Por qué tenía que morir ese niño tan joven de esa enfermedad tan cruel? Toda respuesta fácil sería una mentira más cruel todavía. A veces, el único consuelo válido es el abrazo silencioso, la lágrima compartida sin palabras huecas.
Pero si el “por qué” muchas veces no encuentra respuesta, la Semana Santa nos ofrece una mirada más profunda: No estamos solos cuando cargamos nuestra cruz – Jesús ya la cargó por nosotros y con nosotros. Jesús nos hace presente un Dios cercano, solidario, un Dios que no se desentiende de nuestro sufrimiento. Cuando sentimos el peso de nuestra cruz, Jesús nos invita a mirarlo a él, a abrazar su cruz, a entregarle la nuestra.
Es más: la Semana Santa le da un sentido a nuestra cruz, un “para qué”. El momento más fecundo de la vida de Jesús no fue cuando curó enfermos o multiplicó panes. Fue cuando cargó su cruz, cuando entregó su vida por nosotros. El Padre Fundador nos recuerda esa gran ley de la fecundidad divina:
Sin lagar no hay vino,
el trigo debe ser triturado;
sin tumba no hay victoria,
sólo el morir gana la batalla.
(Hacia el Padre, n° 150)
Como Simón de Cirene, también nosotros podemos ayudarle a Jesús a cargar su cruz, podemos ayudarle en la redención del mundo. Así nuestra cruz se vuelve fecunda. Hace poco leí una poesía que ilumina esta fecundidad mostrando su contra cara:
Un grano de trigo se escondía en el granero.
No quería ser sembrado.
No quería morir.
No se quería sacrificar.
Quería salvar su vida.
Nunca se convirtió en pan.
Nunca llegó a la mesa.
Nunca fue bendecido ni repartido.
Nunca regaló vida.
Nunca regaló alegría.
Un día entró el labriego para limpiar el granero.
Con el polvo barrió también al grano de trigo.
Si unimos nuestra cruz a la de Jesús, si nos animamos a ser fecundos en y a través de nuestra cruz, podremos “regalar vida”, “regalar alegría”. Entonces descubriremos plenamente que el Viernes Santo no es el final de la Semana Santa: ¡después de cada Viernes Santo amanece un Domingo de Pascua!, ¡detrás de cada cruz asoma una resurrección! Cuando miramos a Jesús crucificado, vemos también al Señor resucitado.
En la fe, nuestra vida – con sus alegrías y sus cruces – se llena de luz pascual:
El Señor rompe las fuertes ataduras de la muerte
y confunde el poderío y la astucia del demonio;
llena de júbilo, Madre,
lo ves transfigurado y hermoso,
con el resplandor
que tendremos al resucitar en el cielo.
Con esta fe
alégranos el alma
y que nuestro amor arda en llamas.
(Hacia el Padre, n° 251)
¡Feliz y bendecida Pascua de resurrección!