¡Una vocación es una bendición!

Autor: 
Myriam Ferreira Castro

 

Sentimientos de la madre de un novicio.
 
“A los treinta años y siendo madre de cuatro niños, viví una de las pérdidas más dolorosas: la de mi matrimonio. Conciente de la responsabilidad que implicaba criar a mis hijos dignamente, me aferré con todas mis fuerzas a Dios y María Santísima pidiendo diariamente su protección. Aún recuerdo aquellas mañanas en que rezábamos el rosario camino al colegio en medio de bocinas, tareas inconclusas y recomendaciones para la jornada. María siempre estuvo presente en nuestras vidas pero aún así, en incontables ocasiones sentí que la fuerza me abandonaba y el temor golpeaba a mi puerta una y otra vez.
 
Fue una tarde de invierno en que cargué a mi hijo Ricardo de solo dos años y nos dirigimos al Santuario en busca de un poco de alivio, pues la vida me mostraba su rostro áspero, desolado y hostil. En medio de mis plegarias y de manera impensada, le corté un mechón de pelo a mi pequeño, lo guardé en un pañuelo de papel y lo coloqué en el altar. En ese instante desnudé mi alma y rogando protección me dirigí a la Máter entregándole a mi hijo, pidiéndole que lo lleve por el camino que Ella quisiera. Pasaron diez y ocho años para tener la certeza que mis oraciones fueron oídas. El invierno pasado mi hijo me confesó su vocación, su decisión de consagrar su vida a la Mater.
 
No resulta fácil dimensionar tal entrega. El sentido de protección hacia los hijos es parte de nuestra naturaleza misma, por lo que se antepone a cualquier idea, razón o fundamento. Pero, pasado el impacto del primer momento, todo se aclaró, era Ella quien se hacía presente regalándome la paz de saber que mi hijo fue elegido para servir a nuestra Santa Madre Iglesia.
 
A lo largo de mi vida he oído cientos de veces que el tiempo de Dios no es el nuestro, que nadie carga una cruz mas pesada que aquella que puede soportar, que siempre debemos aferrarnos del manto de María Santísima para no estar solos jamás. Hoy puedo comprender el verdadero significado de esas palabras. Han transcurrido casi veinte años para comprender que no necesitaba pedir porque ya me había sido concedido,  que el camino elegido por mi hijo no significa perderlo sino recibir una bendición inmensa, que la Máter nos cobija a todos y cada uno de sus hijos aún a aquellos que la ignoran o la desprecian.
 
Me han preguntado si acepto el camino elegido por Ricardo, si me duele su ausencia, si deseo que regrese al hogar o si no me cuestionan las denuncias por abusos a niños y jóvenes realizadas contra algunos representantes de nuestra Iglesia. Probablemente yo formularía las mismas interrogantes si no conociera de la felicidad que se siente, no al desprenderse de un hijo sino de entregar un hijo a nuestra querida Madre. Su ausencia no duele porque su felicidad es la nuestra y si regresara a casa, siempre será bienvenido a su hogar, porque carece de sentido aquello que se hace alejado del amor.
En cuanto a las denuncias, debemos rezar  por las víctimas y victimarios de esos hechos deleznables, para que los primeros encuentren paz y no pierdan la fe y los últimos carguen con las consecuencias de sus actos y con el peso de la verdadera justicia.
 
Deseo que muchas madres experimenten la felicidad que hoy siento, que vivan la vocación de su hijo así como lo vivimos en mi hogar, sin temores, sin dudas, sin tristezas. Hoy puedo decir que mi vida es una fiesta y así será hasta el último día, pues acompañar al hijo al encuentro con nuestra verdadera Madre, es la mayor prueba que Dios me dio se su presencia en nuestras vidas.
 
Acompañemos a nuestros queridos novicios con nuestras oraciones, pidiendo que la humildad y la obediencia se fortalezcan en cada uno de ellos, que la alegría reine en sus corazones y que el amor a la Mater sea la sabia de sus vidas.
¡Hoy son nuestros hijos, mañana serán nuestros Padres!”
 

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MYRIAM FERREIRA CASTRO.
Mamá del novicio Ricardo Morales Ferreira.

 

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