"Vengo del Padre y vuelvo a El..."

Autor: 
Hna Mariela

VENGO DEL PADRE Y VUELVO A ÉL…       
Hna Mariela
Domingo por la mañana, fiesta de los siete dolores de María. En el monte Schoenstatt se pierde el eco del  Angelus… De todas partes aparecen Hermanas de María que se dirigen a la Iglesia de Adoración. El Padre Kentenich celebrará hoy allí la Sta. Misa por primera vez.
Pocos minutos después de las 6, el Padre Kentenich sale de su habitación. Nada llama la atención de las hermanas que lo están esperando. Lo ven recogido, serio y al mismo tiempo como iluminado por una alegría silenciosa. Su rostro quizá estaba más pálido, más espiritualizado que otras veces; sus movimientos eran tranquilos y seguros, aunque un poco lentos. Todo transcurre con la acostumbrada sencillez y naturalidad.
Entran en el auto que los espera. Las hermanas que van por el camino lo saludan con alegría. El Padre responde levantando la mano en silencio. Nadie presiente que esta salida no tiene regreso, que este camino a la Iglesia de Adoración, para nuestro Padre y Fundador, es la última parte del camino de su peregrinación terrenal.
El auto se detiene y el Padre desciende callado, y así sube la escalinata. Se detiene unos instantes junto a la fuente, mirando el correr del agua.
En la sacristía ya le espera un sacerdote de la comunidad de los Padres de Schoenstatt para ayudarle en la Sta. Misa. Luego se les unirá otro sacerdote.
Se reviste con los ornamentos sagrados. Lo hace muy recogido y con exactitud. Puntualmente a las 6.15 hs. se dirige al altar.
Al final de la Sta. Misa deja el altar para dirigirse a la Sacristía. Son casi las 7 hs. En la Iglesia resuena el canto final “Tu eres la Reina de nuestros corazones. Acéptanos como holocausto de amor para el Señor”
De nuevo en la sacristía, el Padre se quitó los ornamentos. Saludó a los sacerdotes y los invitó para almorzar. Sobre la mesa había rosarios que esperaban su bendición; lo hizo con mucho recogimiento. Se sacó los anteojos, puso sus manos sobre la mesa y permaneció más o menos un minuto en esa posición. Los presentes piensan que está rezando su acción de gracias.
Repentinamente el Padre se desploma sobre la mesa, pero puede apoyarse un poco con las manos. Los sacerdotes lo sostienen pero el cuerpo desvanecido se hace tan pesado, que lo recuestan lentamente sobre el suelo. El Padre parece estar inconsciente. Durante tres minutos más o menos sigue respirando regularmente, luego siguen dos suspiros más espaciados y entonces todo queda en silencio. Son las 7.07 hs. Nuestro Padre y Fundador partió a la eternidad. Se fue tan callado, tan sencillo y con tanta naturalidad y sin exigencias personales, pero también como llegando de Dios y dirigido hacia El… tal como fue su vida, así fue su muerte.
Del 15 al 20 de setiembre, el Padre está en la Iglesia de adoración. El ataúd abierto se halla ubicado en el presbiterio, sobre las gradas del altar. Son incontables los que llegan en esos días de todas partes del mundo para ver por última vez al Fundador, rezar junto a su ataúd y agradecer por su vida.
Las palabras que Mons. Tenhumberg expresaba en la prédica de la Sta. Misa del entierro son también hoy un planteo a todos nosotros:
“Todo hombre grande es una carta de Dios a su época, un mensaje para los hombres. El apóstol Pablo escribe en 2 Cor. 3: ‘¿Tendremos necesidad, como hacen algunos, de recibir de Uds. cartas de recomendación? Uds. son nuestra carta, escrita en sus corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por medio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino en corazones vivos.’
La vida de nuestro Padre y Fundador es nuestra carta de Dios. El libro de su vida es nuestro libro de Dios.
¿Qué dirá alguna vez la Iglesia de él? Es una pregunta dirigida a todos nosotros. Volvemos a leer ahora las palabras del Apóstol en el capítulo tercero de la segunda carta a los Corintios: ‘¿Tendremos necesidad, como hacen algunos, de presentar o recibir de ustedes cartas de recomendación? Uds. son nuestra carta…
Lo que la Iglesia diga alguna vez de nuestro Padre y Fundador, se decide en nuestra vida, se decide en como leemos esa carta de Dios que él quiso ser y cómo la contestamos.” (Del libro DILEXIT ECCLESIAM)
 
 

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