Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret
Último domingo del año. Qué gusto da ser tan bendecido!, decía un niño cuyo papá acababa de bendecirlo. Desde la entrada del santuario yo miraba y admiraba a tantas familias abrazadas bendiciéndose unos a otros. Los rostros reflejaban esa sensación de cielo. La procesión de los novicios y concelebrantes avanzaba hacia la iglesia en construcción. Como todos los domingos de la Sagrada Familia de Nazaret casi mil fieles ocupaban sus asientos. Adentro todo era precario, como toda construcción y a la vez, todo muy armonioso. La prédica fue un llamado a hacer de cada familia un lugar de amor y por ello un paraiso. Romper con la tendencia al aislacionismo e interesarse por el otro. Tres verbos resumían esta actitud evangélica: conocer todo del hijo y para ello estar siempre en contacto con él, reconocer sus logros con palabras de estímulo, mirarse a los ojos, sobre todo los cónyuges para compartir lo que está de lindo en el alma. Quien no conoce, reconoce y mira crea parcelas de incomunicación. Es como un aborto espiritual. Es un no favorecer el crecimiento de la vida en cada uno. Todo culminó con la peregrinación hasta el santuario cuyas tres gracias son las bendiciones que necesitamos para hacer del hogar un cielo. Las bendiciones finales no fueron sino una aplicación de lo que debe suceder siempre: bendecir pidiendo aquello que necesitas, decir algo bueno que es reconocer lo bueno, mirarse a los ojos para llegar al alma. El diario de mayor circulación ponía un extenso artículo que cubría con sus fotos toda la contratapa.
Ser familia, regalar familia, es un anticipo de la Nación de Dios.
P. Antonio Cosp
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