Fiesta de Tupãrenda - 18 de octubre 2010

Quién más, quién menos de los 35.000 peregrinos paseó feliz por los recovecos de nuestra tierra santa. No había uno que no sonriera, uno que no mirara a la Peregrina gigante camino al altar mayor en la iglesia Santa María de la Trinidad o regresando al santuario. 

Un domingo 17 con llovizna suave intermitente, un 18 a pleno sol permitió que llegaran en 200 ómnibus, en 3.000 autos, en infinidad de ómnibus de línea una multitud de fieles devotos de nuestra querida Mater. Los y las misioneras fueron incluso más que el año pasado. Esta vez, los confesores dieron abasto gracias a ser tantos. Así, los milagros de conversión también se multiplicaron. Los testimonios recogidos eran muy elocuentes de toda la emoción que existía.

Por sobre todo me impresiona profundamente algo: la misteriosa atracción que los hijos experimentan con su madre. Lo dicen sus ojos, su espera paciente para entrar en el santuario, bendecir sus santuarios autos, sellar su alianza de amor, por prepararse para ser misioneros y hacer de sus hogares un santuario. Jesús nunca quedó sólo en su carpa. Las mil avemarías en el quincho crearon un gran ambiente de oración. Las Eucaristías arrebataban el corazón a las alturas. La Palabra de Dios llegó hondo a los corazones.
¡Tupãrenda crece! La generosidad de sus servidores no tiene límites. Gracias a cada uno de los que hicieron todo lo posible por venir, a cada uno de los que pidieron un día de sus vacaciones para este glorioso lunes y cuidaron todos los detalles. Gracias a los misioneros de la Campaña del Rosario que siguieron el ejemplo de don João y se vincularon a la fuente. Gracias a la Mater por regalarnos las tres gracias del santuario y hacernos sentir que su corazón es nuestro hogar donde estamos siempre seguros y cálidamente acompañados.  P. Antonio.

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