Homilía II Domingo de Pascua

Autor: 
P. Martín Gómez

Queridos hermanos:

En este II Domingo de Pascua podríamos hablar de muchas cosas: acerca de la Misericordia del Señor, acerca de la Pascua, de la fe de Tomás, etc; Pero yo quisiera referirme a todo lo que está aconteciendo hace semanas con el tema de los escándalos en la Iglesia, y sus repercusiones.
 
El tema es muy amplio y se podría enfocar desde muchas perspectivas. Asimismo tiene numerosas aristas e involucra tantas cosas que no podemos abarcarlotodo en una sola prédica: el hecho delos abusos en sí mismo; el dolor de las víctimas; el sacerdocio y  el celibato; los ataques al Papa y a la Iglesia; la saña de los medios de comunicación y de las personas que están detrás que manipulan estos hechos para destruir y desacreditar a la Iglesia; etc. En fin, como vemos, es una problemática compleja y no podemos en tan pocos minutos abordar con profundidad algo tan complicado. Por otro lado, somos varios sacerdotes en nuestra comunidad y seguramente mis hermanos ya han hecho y seguirán haciendo sus propios aportes…
 
A modo de introducción quisiera mencionar dos pensamientos insidiosos y dañinos que los medios de comunicación buscan sembrar en las conciencias:
 
1) Convencer a la gente que todos los sacerdotes somos culpables: desde el Papa hasta el último sacerdote, pasando por los cardenales y obispos. ¡No es así! Aquí se trata de crímenes y pecados cometidos por personas concretas, por individuos, con nombres y apellidos. Pero se busca con esta campaña difamatoria sembrar la sospecha de que todos los sacerdotes somos culpables. ¡Es una gran calumnia! No se puede echar la culpa del holocausto a todo el pueblo alemán, sino a las personas concretas que fueron responsables de ello. Del mismo modo, no se puede decir que todo el pueblo judío fue responsable de la muerte de Cristo, porque hubo algunos que tuvieron una responsabilidad directa en su muerte. Por el pecado de algunos, no se puede culpabilizar a la totalidad.
 
2) Hacer creer que la culpa o la razón se halla en el celibato y la castidad de los sacerdotes y religiosos. Esta es también otra gran mentira, pues está comprobado – lo he leído en numerosas ocasiones- que la mayor cantidad de abusos, por las denuncias que se realizan, se reportan en el seno del ámbito intrafamiliar. Es decir no es la castidad ni el celibato de los sacerdotes la causa de estas desviaciones y graves pecados.
 
Entre las muchas cosas que he estado leyendo en este tiempo: escritos del Papa, comentarios que han salido en diferentes diarios –aquí en Paraguay y en el mundo-, noticias de todo tipo, reflexiones y cartas de lectores, etc.…Los otros días leí una carta bastante dura que le escribió una persona al Papa Benedicto XVI. Se trata de una cantante irlandesa llamada Sinnead O´Connor. Hace como 18 años atrás ella quemó una foto del Papa Juan Pablo II en un recital en Dublin y ahora le escribe una carta al Papa en respuesta a la que escribió él mismo a los irlandeses hace semanas atrás. Sería muy largo hablar de toda la carta pero hay una frase que me tocó especialmente y creo que da en el centro de lo que sucede con estos escándalos y también que tiene mucho que ver con el tema del Evangelio de de este Domingo: acerca de la fe y de la incredulidad. Sinnead O´Connor dice: “la idea de que necesitamos de la Iglesia para acercarnos a Jesús es una blasfemia”. Es una idea bastante antigua -podríamos mencionar la postura de Lutero y de tantos que se apartaron de la Iglesia-, pero con todo lo que acontece volvemos al mismo tema: según O´Connor para acercarnos a Jesús no necesitamos ya de la Iglesia, y por tanto no necesitamos del Papa, ni de los obispos y sacerdotes; y si no necesitamos de los sacerdotes no necesitamos entonces de la Eucaristía, ni del sacramento de la reconciliación, ni del Bautismo…No necesitamos del Movimiento de Schoenstatt, ni de los focolares, ni de las comunidades religiosas o de las parroquias. Según ella entonces, para acercarnos a Jesús no necesitamos de nada: ¡Sólo tenemos el contacto directo con Él sin intermediarios! Pero obviamente eso no es el catolicismo.
 
- Desde hace tiempo me he estado preguntando: ¿Qué nos quiere decir Dios con esto? No es ésta una pregunta tan fácil de responder, ni menos en tan pocos minutos como de los que dispongo para hacer esta homilía. Pero quisiera decir lo siguiente: 

1º) Dios quiere que crezca nuestra FE en la Iglesia: la tormenta es fuerte, pero más fuerte debe ser nuestra fe en el Misterio de la Iglesia Católica

Cada vez que hacemos profesión de nuestra fe por medio del Credo decimos: “Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica”. ¿Qué significa esto? Significa creer en el misterio de la Iglesia. Los medios de comunicación, que no poseen una visión de fe, nos quieren hacer creer que la Iglesia es sólo una corporación meramente humana, como si fuera una empresa, una sociedad, un grupo de seres humanos, como la Onu, la Fifa, una Ong, etc., es decir un grupo de creyentes formado por personas y nada más. Pero la fe en el Misterio de la Iglesia nos enseña algo mucho más profundo: ¡La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo! La Iglesia tiene una parte “visible”: personas de carne y hueso como vos y como yo, como todos nosotros, el Papa Benedicto XVI, los católicos en África o en Asia, etc. Pero también en la Iglesia hay una parte “invisible” -por llamarla así-: es la presencia del Espíritu Santo que la guía, la sostiene, la santifica, a pesar de tantas tormentas y a pesar de tantos pecados y escándalos que puedan ocurrir. La Iglesia tiene la asistencia, y la presencia de Cristo, su Cabeza, que nos aseguró: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). La Iglesia le pertenece a Él: “sobre esta piedra edificaré Mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18). La parte invisible de la Iglesia la conforman también nuestros hermanos los santos, que ya están en el Cielo y que interceden por nosotros. De modo especial nuestra Santísima Madre María. Y la conforman también nuestros hermanos en la fe, los difuntos que están en el purgatorio y que ofrecen y sufren por nosotros que todavía debemos luchar en este mundo.
 
En esta parte “visible” de la Iglesia hay en su seno grandes santos, grandes mediocres y grandes pecadores. Ya le aconteció a Jesús mismo, de los 12 que Él mismo eligió, uno de ellos se le dio vuelta y lo traicionó: Judas “un diablo” (Cfr. Jn 6,70). Lo que Jesús dice respecto del mundo en la parábola del trigo y la cizaña (Cfr. Mt 13,24-30.36-43) vale también para su Iglesia: en ella hay trigo y hay cizaña. Y en el misterio de su conducción Dios deja que estén juntos y que crezcan. Concede tiempo hasta el final para el arrepentimiento y la conversión…¡Pero no dejará de hacer Justicia!

2º) Dios quiere que crezca nuestro amor a la Iglesia

Esta fe madura nos debe llevar a amar más a la Iglesia. La iglesia no es una institución abstracta: la Iglesia es mi Madre, es tu Madre, es nuestra Madre. ¡Cuando fuiste bautizado te transformaste en hijo de la Iglesia! ¡Es tu Madre, es nuestra Madre! No es algo ajeno a vos: ¡Sos su hijo, sos miembro de la Iglesia!
 
Santa Teresa de Ávila, la grande mística española, después de haber sido incomprendida y sospechada de hereje por su sublime doctrina y de haber sufrido mucho por ello, dijo en una de sus últimas frases antes de morir: “Gracias te hago, Dios mío, porque me hiciste hija de tu santa Iglesia Católica”. Lo dijo por tres veces. El Padre José Kentenich, nuestro Padre Fundador, eligió poner en su tumba el epitafio: “Amó a la Iglesia” (Dilexit Ecclesiam). Y esta frase, no es una frase hueca, una frase romántica, pues él la escribió con su propia sangre: dio su vida por la Iglesia. Fue perseguido por el régimen nacionalsocialista por ser sacerdote católico y luego tuvo que sufrir una cruz todavía más dura impuesta por su misma Iglesia, la cuál no lo comprendió, y lo condenó a un largo exilio de 14 años en Milwaukee. El podría haber hecho lo que están haciendo ahora algunos: dar un portazo y abandonar a su Madre, podría haber hecho o caído en la postura de S. O´Connor, de prescindir de la Iglesia, por no creer en su misterio, o fundar la suya propia como lo hizo Lutero y tantos otros. Pero no lo hizo, fue humilde y obediente (cfr. Flp 2,8), cargó con esta cruz y la ofreció hasta el final. Amó a la Iglesia hasta el cáliz amargo de la cruz. Escribió ese “Amó a la Iglesia” con su propia sangre.
 
Entonces, debemos amar a la Iglesia: amar al Papa, acompañarlo y ser solidarios con él en estos momentos (como lo hecho la Conferencia Episcopal Paraguaya, la Argentina y tantas otras en el mundo entero). Queremos amar y defender la Iglesia, en nuestras familias, comunidades, en los lugares donde estudiamos o trabajamos. ¡Dar al cara y defenderla: somos hijo de la Iglesia!
 
¿Y qué podemos hacer frente a estos escándalos que han sucedido y suceden? Escándalos que lastiman y dañan profundamente a tantas víctimas inocentes, y también hieren dolorosamente a la Iglesia -como lo ha dicho el Papa-, y asimismo al Señor (¡En el Evangelio de hoy podemos ver esas múltiples heridas representadas en las llagas que muestra Jesús Resucitado a Tomás!); escándalos que le llevaron a decir a Jesús una de las frases más duras en todo el Evangelio: “Es forzoso que haya escándalos, pero ¡Ay de aquel por quien vienen!¡Mas le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y lo arrojen al mar!” (Lc 17,1-3). ¿Qué podemos hacer entonces? Podemos hacer lo que El Padre Kentenich nos exhorta en unas de sus oraciones, hablando de su comunidad pero que lo podemos aplicar también a la Iglesia entera: “Sus arrugas, faltas y debilidades, nunca destruirán mi respeto por ella; no permitiré que sus debilidades humanas me aparten del gran amor que le profeso…Lo que hacia afuera no puede aumentar su honra, lo expío con una vida de santidad” (Hacia el Padre estrofas nº 583-584). ¡Expiar con una vida de santidad! ¡Todos! Desde el Papa, hasta el último fiel: orar mucho, ofrecer sacrificios, reparar por medio de Adoraciones al Santísimo y obras de caridad; pedir perdón por los gravísimos pecados cometidos por otros y por los nuestros. Expiar pero también crecer en una vida de coherencia y santidad.

3º) Tomar muy en serio la oración por los sacerdotes

En este año en que el Papa lo proclamó “Año sacerdotal” duele que esté tan en primer plano en los medios de comunicación estos crímenes dolorosos cometidos por un mínimo porcentaje de los 400000 sacerdotes que estamos vivos en el mundo de hoy (Pareciera que el demonio de modo especial quiere empañar este sacramento, en este año convocado por el Papa para agradecer por el don del sacerdocio y orar por los sacerdotes). Sin embargo, creo que Dios nos llama a tomar muy en serio la oración por todos los sacerdotes: pedir y orar por el Papa, por los cardenales y obispos; rezar por todos los sacerdotes del mundo; rezar para que muchos jóvenes digan “Sí” a esta entrega exclusiva a El y no se dejen intimidar por las olas de esta tormenta; rezar por los seminaristas que se están formando; rezar por sus formadores; rezar por los que ya somos, por nuestra fidelidad y santidad.
 
La “Chiquitunga”, la venerable Felicia del Santísimo Sacramento, nuestra futura santa paraguaya ofreció su vida de religiosa –entre otras intenciones- por los sacerdotes. Lo mismo hizo Santa Teresita de Lisieux, quien con sus 15 años de edad, dijo con una clarividencia absoluta: “Vengo al Carmen para ofrecer mi vida por los sacerdotes” ¡Aprendamos de los santos!
 
Pidamos a Dios que nos regale Buenos Pastores. San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes y propuesto por el Papa de modo especial como modelo en este año sacerdotal, decía: -y en este Domingo de Jesús Misericordioso la frase adquiere una gran relevancia-: “Un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que Dios puede conceder a una parroquia y uno de los dones mas preciosos de la Misericordia Divina”. Recemos!
 
 
                                                                  P. Martín Gómez A.
                                                        (Homilía en el II Domingo de Pascua)

 

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por Pastoral de la Esperanza, Santuario Joven
por Secretariado del Padre José Kentenich
por Padre Tommy Nin Mitchell

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